Una crónica sobre la música que suena en los buses de la ciudad capital.

Imagina, recorrer las principales arterias de la ciudad abordo de un escenario lleno de butacas, tubos y ventanas, con música en vivo y un público sereno, que no aplasta, no empuja y no grita. Este es uno de los escenarios más cotidianos de la ciudad, músicos entonando sus canciones en autobuses a cambio de una moneda.

Son las 11 de la mañana y hay un sol de esos que solo hay en Quito, abrasador. Es la hora por excelencia para encontrar artistas que realicen esta actividad. No es hora pico, hay asientos libres y la gente no lleva tanta prisa.

Con suerte y algo de intuición logro encontrar al primero,Johynner Garuti, su apellido delata que no es de aquí, es un venezolano de 18 años, residente en el país desde los 15, tiene el pelo ensortijado, es alto y si se lo ve detenidamente, aparenta cada año de su edad. Toca la guitarra desde los 11 para su iglesia, pero en esta ocasión deleita a los pasajeros con jazz francés. Sortea su equilibrio entre los tubos del bus, parece dominarlo bastante bien, pues desde los 16 años turna su jornada de estudio con esta labor. Parte de su repertorio es recordar nuestra música nacional, con un pasillo de ¨JJ¨ que nadie en el autobús se atreve a cantar, pero si a contemplar.

  –El que está seguro que canta bien, la canta. Me han acompañado un par de veces.

Con su actitud y vehemencia logra ganarse al público, se gana la moneda, y lo más importante para él, se gana el aplauso.

Resulta difícil adivinar quién será el próximo en ocupar la tarima, la oferta de músicos de autobús es tan extensa, que he escuchado entonar desde salsa, cumbias, boleros, pasillos, tangos, rancheras, baladas, rap, hasta reggaetón. Y por si fuera poco, en ocasiones las presentaciones vienen acompañadas de actuación. He visto al artista de turno imitar a Juan Gabriel, Oscar de León, Arjona, Luis Miguel e incluso Michael Jackson.

Continúo mi búsqueda. Un ¨Colon – Camal¨ es el elegido. Tras 20 minutos de atenta espera (que lento paso el tiempo) veo una guitarra asomar,hacer una pausa en las gradas para saludar al conductor y luego con dos acordes limpios y fuertes, hacerse notar. Es Mauricio Chaguan, orense de nacimiento pero igual o más quiteño que ¨Yoff¨. Toca en los buses con ausencias y retornos desde hace ocho años.

  –Oiga porque aquí saco más que en otros trabajos que he tenido.

Su guitarra, una clásica, de cedro, hecha a mano y ya de pintura desgastada, pues hace 25 años que lo acompaña. La observa como si esta le permitiera viajar en el tiempo y dice:

  –Estas aguantan toda la vida.

¨Mátame si quieres, pero no me olvides¨ – no hay un solo pasajero que se resista a escuchar esta interpretación, el conductor, enterado de la calidad del show baja el volumen de alguna tecnocumbia (que en mi vida he escuchado) para sumarse al disfrute de la canción. ¨Amarnos sin condición, en un pequeño motel¨ – da la estocada final a un público que tiene en la mirada el recuerdo de aquel amor que algún día fue. Mauricio sabe reconocer a su público,sabe lo que quieren escuchar, no basta con hacerlos tararear.

  –Cuando les veo más jovencitos, les mando Lamento Boliviano. Esa todos se saben.

Resulta difícil pensar que en el caótico sistema de transporte público de esta ciudad, tomar un bus nos pueda brindar la oportunidad de relajarnos y detener el tiempo en lo que dura una canción.Existe y está aquí, es parte de nuestro paisaje, de nuestra cultura y nuestra memoria. En los ciudadanos está que no muera, en el aplauso, en el respeto y en la moneda que sepa ganarse. 

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